
Llega un momento en la vida de todo adolescente, sobre todo los varones, en el cual deben enfrentarse a sus padres. Por una razón u otra, siempre hay algo que provoca una chispa, y desencadena el fuego del conflicto entre padre(s) e hijo. Esta chispa puede ser cualquier cosa: unas notas particularmente malas, un castigo por dichas notas, un mal día que puede tener alguno de los dos y que intentan solventar el uno con el otro.
En algunos casos, y yo he conocido algunos, estos conflictos, ya sea por la inexperiencia de los padres o por la cabezonería de los hijos, no se resuelven a tiempo, y lo que empieza como una simple pelea, termina siendo una guerra salvaje donde todo sentido del respeto y de las normas morales se desmoronan.
Dándole vueltas a este tema en la cabeza, llegué a la conclusión que todos estos conflictos se deben a un instinto primordial de subsistencia. Desde hace años ya, estos conflictos se han podido ver en todas las familias, y no sólo hablo de la especie homo sapiens, sino de todas las especies.
Tomando por ejemplo los leones: cuando ya son suficientemente mayores para defenderse por sí mismos, la manada los echa para que se busquen la vida. Estos vagan por la sabana (u otro entorno donde se encuentren) hasta encontrar un padre de familia ya mayor al que retan a un duelo. Si estos ganan, se quedan con todas las leonas de la manada, y el perdedor, el león viejo, le expulsan y lo dejan para morir entre los rayos del cálido sol.
Este instinto está presente en nuestros genes también: cuando desafiamos a nuestros padres (sobre todo al padre cuando somos varones), es como una prueba de nuestro poder, probamos a ver si podemos más que ellos, a ver hasta dónde aguantan, y esperamos, nos hacemos más fuertes, y esperamos al momento en el que podamos derrotar a nuestro padre para tomar el control de la manada que es la familia.
Excepto que en nuestra sociedad "avanzada", no hay sustitución, no hay la satisfacción (supongo que estarán satisfechos de tener a tantas leonas a su disposición los jóvenes conquistadores) de desterrar a nuestros padres: meramente podemos sentirnos bien de haber podido sobrepasar a aquellos que siempre nos han dominado, y con ello sentir que ya somos alguien en esta vida; un jugador más en el tablero de la vida.